Me recargaba en la ventana y veía a las personas pasar, fue en la primera semana de septiembre, había tenido un mal día y estaba a punto de cerrar los ojos cuando un hombre se subió al mismo camión en el que yo iba, a simple vista parecía tener unos 32 años, con un aire veinteañero y una gabardina que usaría mi abuelo si estuviera vivo, lucía una barba de ensueño y llevaba puestos unos audífonos de diadema, al instante supe que me encantaría acercarme y hablarle del clima, o de cualquier cosa que se me viniera a la mente, contarle de cómo desde que lo vi ignoré su cara no tan agraciada y empecé a notarle más la mirada, era una mirada de esas que te empapan los chones, que te obligan a imaginar una vida feliz, que te transportan a tu lugar seguro, a los brazos más cálidos que te abrazaron cuando más triste te sentías. Sentía una urgencia por conocerlo, por compartir todo con él.
Intercambiamos miradas interrumpidas y de repente ya lo tenía sentado a un lado de mí, no hubo nada de nerviosismo, si no todo lo contrario, sentía una paz abrumadora dentro de mí, como si acabara de pasar el examen más difícil del mundo con la mejor de las calificaciones, una tranquilidad que me invitó a tomarlo de la mano y que él me la tomara de vuelta, intercambiamos una complicidad de amantes perfectos, amantes que se acababan de conocer pero que sus corazones dictaban otra cosa, les susurraban que ya se conocían desde hace un siglo y medio; su tacto me era tan familiar, fue lo más parecido a la magia.
Me encantaría contarte qué paso después, me gustaría contarte el como nos bajamos de ese camión y caminamos directito a mi casa, dispuestos a comernos todo lo comestible, a besarnos todos los rincones como si estuviéramos ansiosos de colmar nuestra ansiedad, de remediar nuestra necesidad de cariño y atención, de lamernos las entrañas, de sentirnos vivos de nuevo, me gustaría contarte todo eso y más, pero nunca entenderías lo que representó para mí, nunca lo entenderías, así que no quiero gastar mis palabras. Lo que si te quiero contar es que no todo fue feliz en la historia, la vida me estaba acariciando la mejilla en la que después me iba a soltar una cachetada, sin aviso previo, me la iba a soltar justo en la cara.
Nunca supe cuándo se fue, fue tan rápido que un día ya no pude ver su carita bonita recargada en mi almohada, ya no pude sentirlo en cuerpo y alma, se había ido para siempre y mi mundo se tornó muy distinto, justo como es ahora. Hasta entonces supe lo importante que fue para mí, no antes.
Atesoro el haber tomado la decisión de subirme a ese camión aquel día de septiembre, ese día que nos miramos y que supimos que estábamos hechos el uno para el otro, ese es mi único consuelo.
La vida da tantas vueltas, un día estás y al otro ya no (no pretendo que te burles de mi filosofía barata), la vida da tantas vueltas que empecé queriéndote contar todo y ahora no te quiero contar nada, nada de lo que pasó. Tal vez un día regrese a contarte la historia completa, tal vez sí, tal vez no, un día estás arriba y el otro abajo, tú sabes, como la rueda de la fortuna. Solo sé que lo extraño, lo extraño tanto y no puedo hacer nada al respecto, nunca podré ver de nuevo esa mirada, esa mirada que me empapó los chones, que me obligó a imaginar una vida feliz, que me transportó a un lugar seguro, a esos brazos cálidos que me abrazaron cuando más triste me sentía.
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